Artículo publicado por Diario Gestión en febrero de 2026.
Existen varias características que distinguen al Homo sapiens de otras especies. Dos de las más determinantes son su cerebro excepcionalmente grande en proporción a su cuerpo y su capacidad única para crear herramientas: la tecnología.
La historia de nuestro cerebro está íntimamente ligada a la primera gran tecnología que dominamos: el fuego. Gracias a él, los humanos pudimos modificar nuestro entorno, extender nuestras horas de actividad, defendernos de depredadores… y cocinar. Este último punto, aunque suele pasar desapercibido, fue decisivo.
Volvamos al cerebro. En nuestra especie, este órgano es pantagruélico en términos energéticos: pesa apenas el 2% del cuerpo, pero consume cerca del 20% de todas las calorías. ¿Cómo logró crecer tanto? A través de una redistribución energética. Cuando el cerebro era pequeño, la evolución necesitó asignarle más energía, pero esa energía debía salir de algún otro sistema. El elegido fue el tracto digestivo.
El cambio vino acompañado de una transformación en la dieta: el Homo sapiens pasó de consumir principalmente vegetales a incorporar más carne, con una diferencia clave respecto a otros carnívoros: la expuso al fuego. Cocinar facilitó la digestión, permitió acortar los intestinos y redujo su demanda energética, hoy representan alrededor del 4% del gasto energético y el 7% del peso corporal, sin incluir el hígado. La energía liberada se redirigió al cerebro.
En síntesis: el ser humano usó la tecnología para gastar menos recursos en su sistema digestivo y más en su capacidad cognitiva.
“El ser humano usó la tecnología para gastar menos recursos en su sistema digestivo y más en su capacidad cognitiva”.
¿Y qué tiene que ver esto con las empresas? Mucho.
Hoy, las organizaciones gastan enormes cantidades de presupuesto-energía en los procesos de ingesta, limpieza y preparación de datos: su “aparato digestivo”. Estos recursos superan ampliamente a los que se destinan al análisis profundo, la generación de insights y la toma de decisiones: el “cerebro”.
La inteligencia artificial (IA) puede ser el equivalente moderno del fuego. Los agentes de IA ya pueden diseñar, desarrollar, probar, supervisar y reparar flujos de datos hacia las plataformas analíticas. Esto libera talento humano para tareas de mayor valor agregado: interpretar la información, descubrir oportunidades y generar impacto real en el negocio.
Por eso, nuestra recomendación es clara: métele fuego a tus datos y haz crecer tu cerebro empresarial.
(*) Según la teoría del trade-off de Aiello y Wheeler. Algunos biólogos evolutivos sostienen que el crecimiento del cerebro pudo haber comenzado antes del uso sistemático del fuego por parte de los humanos.


